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"La vejez es una cima... no hay muchos que llegan a ella, la mayor parte cae en el camino. Su vida no acabó, fue cortada. Podemos morir a cualquier edad.
Una vida completa es uno de los mayores privilegios que uno puede tener. Se saborea la flor de la vejez, cuando se ha gustado la de la infancia, la de la adolescencia, la de la madurez...” nos dice Lecrercq, en su libro La alegría de envejecer.
Por eso al pensar en mi vocación, que es un proceso que sólo termina con la muerte, ya que el Señor no llama solo una vez, sino que lo hace constantemente, y por lo tanto debemos estar en una permanente respuesta, lo primero que aparece en mi corazón es un sentimiento de gratitud al Señor que ha permitido que mi vida haya sido completa, y que su gracia haya superado mi debilidad para que mi respuesta haya sido siempre un renovado sí, a pesar de las fragilidades propias de lo humano.
Mi vocación ha tenido una característica muy clara, desde que di el paso de aceptación al llamado de la Iglesia, mi vida como hombre y mi ser sacerdotal nunca han sido para mi líneas paralelas, sino una sola realidad. Mi existencia está de tal modo identificado con el don del sacerdocio, que no logro distinguirlos como separados. Por eso al agradecer el don de la vida, que ha llegado a la cima, agradezco el don del sacerdocio que ha enriquecido esta vida, le ha dado sentido y valor trascendente.
Compartiendo con los amigos y los seminaristas, que también son mis amigos, les he manifestado que si tuviera que escribir la historia de mi vocación llevaría como titulo: “¡Sorpresa!”, porque en las circunstancias y el momento histórico en que se despertó la inquietud, no solo fue una sorpresa para mi familia y mis amigos, sino aún para mí.
Es la sorpresa del que a la vuelta de la esquina se encuentra con la respuesta a la gran interrogante de su vida. Con el amor que siempre buscó en la oscuridad, con el tesoro y la perla de gran valor. No fue un deslumbramiento, sino una seducción...suavemente, quizá para no asustarme, Jesús fue abriendo lentamente, con esa delicadeza tan suya, la puerta entornada de mi corazón. De pronto estaba allí, y me pedía la vida entera. ¡Sorpresa!...Y yo, el joven cobarde y frágil, lleno de limitaciones y dudas, le estaba diciendo que sí... desde entonces y sostenido por la gracia de Dios y el apoyo de tantas personas, que de diversas maneras han contribuido a que pueda permanecer de pie, avanzando sin desfallecimientos, espero hasta el encuentro definitivo. No he buscado otra cosa que ser fiel...No siempre lo he logrado.
El corazón nos hace a veces jugarretas, zancadillas que nos hacen trastabillar, desencantos, frustraciones, apegos. Olvidamos que hemos sido llamados a ser puentes de transito y pretendemos transformarnos en posada. Nos enredamos en el colorido paisaje del valle, olvidando que “Él” nos espera en la altura del monte.
Doy gracias al Señor porque, al experimentar en mi vida lo divino, he podido desarrollarme y encontrarme conmigo mismo. He aprendido así a ir dejando el pequeño yo, y poder abandonarme en Dios. He comprendido que quien rehúsa entregarse a Dios, no encuentra jamás su propia totalidad y en último término tampoco su salud anímica.
Sé que lo positivo que haya podido realizar, es fruto de la misericordia del Señor y de la contribución de muchas personas... Mi familia que no sólo me ha dado el afecto y la compañía, sino que también valores como la responsabilidad y la fidelidad en los compromisos. Los pastores que con su palabra y su ejemplo me mostraron el rostro de Dios y lo importante de su amor. La cercanía de los hermanos laicos, especialmente el mundo de los jóvenes que han hecho realidad la promesa del Señor Jesús: “Él que deje padres, hermanos, hijos por el Reino, recibirá ciento por uno...” La hermosa experiencia de contribuir a la formación de los futuros pastores de la Diócesis, donde he sentido la fertilidad de mi sacerdocio.
Hay por fin una mujer que en el silencio ha ido haciendo más suave la dureza del camino. Que siendo niño me libró de la muerte...que siendo joven me libró de la corrupción...y ahora en la vejez me acompaña cada día. María la madre de Jesús, y la madre de todos los creyentes. Ella, que como en la bodas de Caná, ha intervenido ante su Hijo para que el agua insabora de mi vida al unirse en la Eucaristía a la sangre del Señor, adquiera el buen sabor de Cristo Jesús.
